27 de octubre de 2008

El poeta


Cuando vivía con ella los vendía con buena letra, escritos a mano, y con ese aire romántico que pone la pluma estilográfica donde posa su punta pajarera. Ahora, en cambio, los tengo que vender escritos a máquina, tan fríos y distantes que en cualquier momento se podrían confundir con letras de cambio o con prospectos de medicinas. Además vendo mucho menos, y ya ni siquiera puedo escribirlos en el asfalto del Paseo del Estanque con tizas de colores. Antes, cuando el tiempo no amenazaba lluvia, llegábamos a primera hora de la mañana y ella se ponía a trazar con su letra puntiaguda de colegio de monjas las palabras que yo hacía rimar en mis momentos de inspiración. No me pregunten por qué se marchó, aunque de entrada les digo que no hubo otro y que nuestra convivencia, aun dentro de lo apurados que siempre estábamos, era maravillosa. Ella era así, y lo mismo que llegó un día y se enamoró perdidamente, tanto que decía que si yo moría antes que ella no dudaría en tirarse al día siguiente desde el Viaducto, me dejó de buenas a primeras. Llegué a casa y me encontré con aquella nota escueta e inesperada: “no creas que no te quiero, la vida sigue en otras muchas partes”. No he vuelto a saber nada de ella, y ya hace más de tres años que me dejó.

Mi letra es pésima, ilegible, desordenada y siempre está rodeada de borrones y de trazos imprecisos. Me pasa desde el colegio. Por más tortas que me dieron nadie consiguió que cogiera el bolígrafo como todo el mundo: yo lo hacía con todos los dedos, apoyando el anular en la punta, y con posturas más propias de patán que de estudiante. Por eso nunca he tenido buena letra, y a medida que han ido pasando los años he ido a peor. Las pocas veces que he tratado de vender mis poemas escritos a mano no he logrado colocar ni uno. En cambio cuando los llevaba escritos por ella los vendía prácticamente todos, para que luego digan que el marketing, la fachada y todo eso no influyen en las decisiones de la gente. Y eso por no hablar del dineral que recaudábamos cuando ella escribía los poemas en el mismo asfalto del Paseo del Estanque. Yo sacaba un buen pellizco por las terrazas y entre la gente que se sentaba en los bancos o debajo de los árboles, y ella obtenía verdaderos dinerales de los que se paraban a leer los versos callejeros. Lo ganábamos bien, y por mucho que digan por ahí nosotros sí que éramos capaces de vivir exclusivamente de la poesía. Sin embargo ahora no hay manera de sacar ni siquiera lo necesario para una cañita y un bocadillo de calamares en la Glorieta de Atocha. En el asfalto no se me ocurre trazarlos: los escribí un par de veces después de que ella me dejara y lo más que conseguí fue que se rieran de mí los pocos paseantes que se paraban a tratar de descifrar aquel galimatías de rayones y letras sin sentido. En cambio los que llevo en la carpeta sí se entienden porque están escritos a máquina, pero ni por ésas logro vender lo que vendía antes. Se conoce que la gente cuando compra un poema prefiere hacerlo con los versos escritos a mano, a lo mejor por si ese poeta callejero llega luego a algo y el poema de marras acaba valiendo un potosí. Lo cierto es que no me como un colín con esto de la poesía, y eso que escribo mil veces mejor que hace un par de años, entre otras cosas porque he sufrido más y estoy más solo, más metido en mí mismo y en mis soledades. De ella me acuerdo muchas veces, y no sólo porque eche de menos su letra y los buenos tiempos literarios que vivimos juntos. Cada vez que veo cómo se besan las parejas de enamorados me pongo triste y recuerdo cuando ella también me besaba en cualquier parte y cuando me decía que me quería y que nunca me dejaría. Ella sí que ha sido el amor de mi vida, y eso que ha habido otras, pero nunca fueron capaces de escribir con su misma letra. Desde que me dejó he tenido que ir bajando paulatinamente los precios de todos mis poemas y así no hay quien viva ni quien coma decentemente.


5 comentarios:

mucho_que_contar dijo...

Coincido plenamente con lo que dices. Mientras más triste se esté, mejor se escrbe.
Celebro que opines así sobre los poemas mecanografiados, y tu escrito me ha hecho recordar que, precisamente, el último regalo que he hecho ha sido un libro de poemas escritos a mano. Lo consideré cuanto menos, más humano.

Treinta Abriles dijo...

¿Dónde está el comentario prometido, Santiago?

;-)

Efectivamente, la caligrafía de cada uno, pone el toque final al poema.

Editor dijo...

Tiene usted toda la razón en lo del comentario. Desde un primer momento seleccioné y programé 4 textos incluidos en El Parque y no tuve en cuenta los comentarios. Mañana saldrá el miraculos. Nada que ver con éste de los poemas. Probablemente ese libro naciera con la imagen del Mickey que se ponía en los años noventa en El Retiro (lo recuerdo a 40 grados, en julio, aguantando el coñazo de los niños malcriados) y con la del poeta que se ponía en el Paseo del Estanque, a primera hora de la mañana a escribir sus versos con tizas de colores. Me sentaba enfrente haciendo que leía el periódico para hacer un balance de su negocio, y reconozco que le dejaban bastante pasta. No creas que viendo como está la literatura no he estado tentado a hacer lo mismo alguna vez. Bueno, en el fondo lo que hacemos en el Blog es lo mismo que hacía aquel poeta antes de Internet. Ahora lo publicamos en la Red. No pedimos limosna, de momento, pero quién sabe, todo se andará.

Anónimo dijo...

La nostalgia es una telaraña
en el árbol de los recuerdos,
mientras las aceitunas se pudren
en la orilla del mar, sobre la arena.
Fdo. Yo.com

Treinta Abriles dijo...

Ja, ja, ja...

Eres un observador nato, Santiago. Me encantan tus comentarios.