11 de octubre de 2008

Los paseos



Nadie nace caminando. Nunca recordamos el esfuerzo de nuestros primeros pasos, ni la alegría que despertó a nuestro alrededor aquel intento casi circense por mantenernos en equilibrio. Supongo que tuvo que ser algo tan maravilloso como la primera vez que sentimos que volábamos a lomos de una bicicleta sin el baldón de las ruedas supletorias que tanto nos avergonzaban. Caminamos sin darnos cuenta del milagro de cada uno de nuestros propios pasos. Jamás recordamos el sueño del mono loco que se separó de la manada para tratar de erguirse y de estar más cerca de las estrellas: soñó que algún día podría sostenerse sobre dos piernas con las que caminar por el planeta asumiendo su aventura diaria desde una posición más ventajosa. Nosotros somos aquel sueño cumplido.

Los que hemos crecido cerca del mar siempre hemos tirado hacia la orilla para hacer nuestro camino. Llegamos donde rompen las olas y recorremos de punta a punta la costa dejando que los pies se nos mojen en el océano y que la arena nos enseñe la fragilidad tan inestable del planeta que pisamos a diario. Siempre decimos que lo hacemos para estar en forma, para generar endorfinas o para bajar los niveles de colesterol. Queda bien justificar con argumentos prosaicos lo que en el fondo no es más que una necesidad vital de pisar la arena que ha ido deshaciendo el tiempo. Dejamos que nuestros pies desnudos se sumen a la maravilla de la naturaleza y que por una vez se sientan parte de ella, mojándose con el frío de las aguas y dejando las huellas que luego borrará la pleamar como algún día también se borrará nuestro rastro sobre la tierra.

Cerca del mar asumimos con toda naturalidad nuestra propia existencia, de ahí que los isleños, siempre con el horizonte azul al alcance de la vista, tengamos una cierta ventaja sobre los continentales alejados de la costa. No digo que seamos más sabios ni más afortunados, pero sí que estamos más cerca de esa verdad inalcanzable que nos muestra el mar cada vez que miramos fijamente hacia el horizonte. Hay mil motivos para seguir caminando, y cada cual se agarrará a su propia verdad para continuar dando pasos sobre la tierra. Pero cerca de la orilla del mar cada uno de esos pasos nos aproxima mucho más a los sueños que soñamos, y a los que todavía no sabemos que estamos soñando.


CICLOTIMIAS

Estaba todo el santo día haciendo dibujos en la arena de la playa. Eran verdaderas obras de arte que la pleamar destruía insensible en un par de minutos hasta no dejar ni rastro. Le decíamos que por qué no plasmaba esas creaciones en un lienzo o en un papel que conservara lo creado. Él nos miraba, se reía y se bañaba tranquilamente entre las olas que acababan de destruir su arte. Yo creo que Heráclito no lo habría hecho mejor.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Oye, dónde está esa playa, para escaparme cuanto antes...

Santiago dijo...

Esa playa es Sotavento (Fuerteventura), hace unos días, a mediados de septiembre, antes del mediodía, sin viento, con la playa prácticamente vacía de gente. Allí te aseguro que no caminas sobre la arena. Tampoco miras al mar. Caminas sobre el tiempo y sientes cómo lo vas aniquilando suavemente a cada paso.

Jaime dijo...

Tampoco yo sé si somos más sabios o más afortunados porque nuestros caminos siempre acaben cerca del mar. Sí que creo en que nos caminamos más por dentro, precisamente porque los caminos que terminan en una orilla son horizontes indefinidos, infinitos y aunque los pies estén ya quietos enterrándose en la arena, los pensamientos siguen avanzando por esa delgada y delicada travesía que deja el sol sobre las olas. Como en una ensoñación interminable, como si la vida comenzara en la orilla de una playa cualquiera. Aunque a veces esos paseos imaginarios se hagan bajo oscuras tormentas, provocando algún naufragio en ese exilio de la realidad. Cerramos los ojos frente al mar y lo respiramos, aunque suene incoherente, tal vez, para poder navegarlo y navegarnos, y a veces, en esa ceguera con la que vemos más allá de nuestras huellas, sentimos un poco de frío, pero se nos pasa pronto.

Como frío es esta especie de poesía que se me ocurrió una vez…

Frío.

Fueron pasando las horas,
desde el momento más quieto,
para pensar, te dijiste,
para encontrar un camino
para caminar mañana.

Pasaron días, semanas,
y la cama ya era un mundo
sin alimentos ni abrazos.
No había aire entre las mantas
ni agua en aquel desierto
y entre las dunas ajenas
florecieron esperanzas.

Han pasado varios meses
y esa quietud asesina
que te devora las manos
que ya no acarician nada,
ni promesas ni un anhelo,
te hace asfixiar en los mares
de la locura en la nada.

¿Pasarán años vacíos
en los que no pase nada,
o se helarán tus infiernos
y con llamas congeladas
hibernarás el invierno
de una muerte ya anunciada?

Treinta Abriles dijo...

¡Un poco de piedad para los que hemos dejado atrás las playas recientemente y ya no podemos dar esos paseos, con los que nos identificamos tanto!

;-)

Santiago dijo...

La playa va con uno siempre a todas partes. Cierra los ojos y regresa cuantas veces quieras.