15 de noviembre de 2008

Reencuentro

La camarera iba de un lado para otro cargada de bandejas. Se ponía colorada cada vez que pasaba cerca de la mesa que estaba junto a la ventana. Era él, efectivamente era él, no podía ser otro aquel cliente algo prepotente, engominado y con aires de grandeza que hablaba de dinero con una rubia pija que trataba de seducirlo hasta cuando se llevaba la taza con el café caliente a la boca. No la había reconocido, o no la había querido reconocer. Fueron novios cuando él tenía diecisiete años y ella dieciséis. Ni siquiera tuvo la decencia de dejarle propina.

SARA BARAS

Los gitanos lo llaman duende, los italianos maniera, los ingleses feeling. Todo eso lo tiene Sara Baras. Verla bailar a unos metros, sobre el escenario, es de las experiencias más grandiosas que uno pueda tener. Soy poco aficionado al baile, pero con esta mujer soy capaz de subir al séptimo cielo según empieza a taconear. Déjense llevar.


QUÉ NO DARÍA YO

Ya que nos hemos dado una vuelta por Andalucía, les dejo con otra que tenía duende y una fuerza tremenda en la mirada, en los gestos y en la voz. En esta interpretación rezuma emoción por los cuatro costados (la calidad no es muy buena, pero les aseguro que vale la pena aguantar hasta el final). Me queda pendiente Camarón, por supuesto.

2 comentarios:

mucho_que_contar dijo...

Los reencuentros son verdaderamente impredecibles, como lo somos las personas. Y más cuando el éxito se le sube a uno a la cabeza. A menudo observo a la gente humilde, y recuerdo que yendo a la estación de Oporto, un señor trajeado y altivo ocupaba dos asientos del vagón. No le cedió el sitio a una inmigrante que llevaba un bebé en los brazos. EL hombre miraba al frente como no queriéndose dar cuenta... Yo me levanté y le cedí el asiento. La mirada de la mujer me dijo mucho más de lo que ese personaje será capaz de decir en su vida.
La dependienta debería pensar lo mismo que yo.

Editor dijo...

Posiblemente sea de las cosas que más deteste en el ser humano, la prepotencia y la altanería. Lo que no saben es que son tan mortales y tan efímeros como todos. No me gustaría nada acostarme cada día sabiendo que vengo de pisotear el mundo. Deben tener unas pesadillas horribles (si duermen).