22 de diciembre de 2008

Lo efímero

(Fotografía: Jesús Ruiz)

Sólo lo que se aprende con naturalidad se asimila sabiamente. Nos pueden obligar a estudiar teorías, fórmulas y declinaciones, pero luego, cuando salimos a la vida real, todo eso cae en el olvido y nos sirve de poco para orientarnos y para no perder el norte de nuestro propio destino. El pájaro no estudia solfeo para aprender a cantar divinamente, ni tampoco el sol hace cálculos logarítmicos para que el calor llegue a todos los puntos cardinales del planeta. Nosotros, para nacer, no recuerdo que tuviéramos que pasar ningún examen académico. Se supone que veníamos aprendidos para saber respirar y para ir poco a poco reconociendo lo que veíamos. Luego sí es verdad que vamos perdiendo ese instinto y que, a medida que pasan los años, nos extraviamos por caminos cada día más confusos. Nos hemos vuelto tecnológicos, pero tanta sofisticación nos ha complicado la existencia y la economía. Apenas controlamos lo que pasa a nuestro alrededor. Respiramos, sí, pero no sabemos cómo diablos llegar a fin de mes.

Estos días, paseando junto al maravilloso Belén que han creado en la playa de Las Canteras algunos de los mejores escultores de arena del mundo, he recordado aquellas enseñanzas naturales que uno no captaba entonces con la intensidad con que podemos recordarlas ahora. Hablo de lo efímero, de lo que se crea sabiendo que está irremisiblemente condenado a la desaparición. Todo el esfuerzo de esos creadores de Las Canteras no sobrevivirá a la segunda semana de enero. Lo saben desde que dibujan el boceto o moldean pacientemente cada pliegue o cada arruga de lo que van recreando. Nosotros, cuando de niños construíamos castillos de arena o volcanes en la orilla, también sabíamos que luego llegaría la marea arrasándolo todo. No nos servían de nada los diques de contención ni los esfuerzos por salvar lo creado. Con dos o tres olas, todo el esfuerzo de una tarde se iba borrando hasta que no quedaba ni rastro de nuestros sueños en la orilla. Toda la metafísica que nos ayuda a vivir la vida partiendo de la temporalidad de las cosas la aprendimos entonces. Llorábamos o nos quejábamos impotentes ante la imposibilidad de vencer a la marea, pero aun no sabíamos que la sabiduría consiste justamente en empezar cada nuevo día partiendo de la nada. Metafóricamente, como siempre, el mar nos estaba enseñando el bendito arte de lo efímero. Nuestro carpe diem lo aprendimos jugando en la orilla y bañándonos luego en las aguas que habían borrado nuestras propias huellas. No nos hizo falta estudiar en ninguna parte para saber que, hagamos lo que hagamos, toda nuestra obra acabará como acababan las almenas de aquellos castillos que se tragaban las aguas ante nuestros ojos atónitos.

CICLOTIMIAS

Se estaba riendo a todas horas y en todas partes. Por lo visto había oído que reír adelgazaba y ella estaba obsesionada con el cuerpo.

2 comentarios:

mucho_que_contar dijo...

Muy pocas son las cosas que nos enseña la academia que luego sirvan para ser feliz. Quizá la lectura y las sumas y restas para que no te timen con el cambio de la barra de pan. Y en esa lectura, según mi opinión, late con más fuerza lo efímero. Cuando terminas un libro especial, ese vacío, esa tristeza de que se ha acabado un fantástico viaje y a saber cuándo volveremos a embarcarnos en otro igual, refuerza la sensación de la brevedad de las cosas. Al menos en mi caso.

Treinta Abriles dijo...

En mi pueblo, en el colegio, llegadas estas fechas hacíamos Belenes en el patio con la arena, durante el recreo. No nos detenía el frío y el enrojecimiento de manos. No había mar, pero, inevitablemente, el Belén quedaba destrozado rápidamente.

Creo que no nos importaba demasiado. Le hacíamos renacer desde sus ruinas al recreo siguiente.