31 de diciembre de 2008

El doble Milanés

Todos los domingos me paro a escucharle y a aplaudirle antes de dejarle un billete de cien euros. Reconozco que lo paso realmente mal las horas que permanezco junto a él tarareando las canciones de Pablo Milanés. La primera vez paseaba por el Retiro haciendo tiempo y matando el aburrimiento de todos los domingos por la tarde. Casi todo el mundo iba en grupo, en pareja o con sus niños. Yo estaba solo, como casi siempre, yendo de un lado para otro, esquivando las miradas y tratando de pasar lo más desapercibido posible. Me paré a escucharle aprovechando que había seis o siete personas delante suyo, pero según acabó la canción todos se fueron, sin ponerle una sola moneda en el plato, y me dejaron solo delante de él.

Desde que vio que me quedaba solo me sonrió y me acercó un ajado y mugriento papel plastificado en el que había más de cincuenta canciones de Pablo Milanés. Me dijo que eligiera la que quería y yo dudé entre pedirle que cantara Para vivir o El breve espacio en que no estás. Al final, sin embargo, me decidí por El tiempo, el implacable, el que pasó. Me sonrió dejando ver numerosos huecos entre sus dientes y me dijo que esa era buena elección, que se notaba que me gustaba Pablo Milanés. Añadió también que el cantautor cubano lo era todo para él, más que su padre o su mejor amigo.

Ya de por sí llamaba la atención que un tipo rubio de un metro noventa y con acento alemán se empeñara en parecerse a Pablo Milanés todo el rato. Destrozó la canción que le pedí, y con ella todos los recuerdos que yo esperaba evocar valiéndome de sus versos y de su melodía. No creo que se pudiera cantar más desafinado y con menos gracia. Cerraba los ojos y se ponía a imitar los gestos de Milanés. Durante toda la canción estaba como ausente, abstraído y fuera de sí. La gente que pasaba me miraba con cara de pena, y los más solidarios me hacían señas para que saliera corriendo aprovechando la ceguera momentánea del cantante. Pero no me atreví a marcharme: me daba cierta cosa dejarlo allí sólo, aunque también temí que se enfadara y me acabara dando dos tortas si le hacía esa afrenta. No sólo no me fui sino que tuve que aguantar estoicamente todo el repertorio de canciones de Pablo Milanés. De vez en cuando se paraba algún ingenuo, y a veces, como cuando yo me paré, se llegaba a formar un grupo más o menos numeroso, pero nunca pasaban de una canción.
El cantante fue cogiendo confianza conmigo y me fue contando a retazos las razones de su devoción por Pablo Milanés. Me dijo que lo había dejado todo tras escuchar una noche la canción que el cantautor cubano había dedicado a Yolanda. Él entonces estaba en Madrid con una beca Erasmus, creo que en quinto de Periodismo, y por lo que me contó también había amado mucho a una tal Yolanda. “ Lo dejé todo para ser como él, para lograr algún día cantar cosas tan bonitas, porque lo que decía en esa canción era lo mismo que yo hubiera querido escribir sobre ella, y después con las otras canciones que seguí escuchando me fue pasando igual, y tengo claro que yo vine aquí sólo para conocer a Pablo y llegar a ser algún día como él, porque de no haberme presentado a la beca ahora sería un periodista más de Berlín que no sabría casi nada de Cuba y mucho menos de Pablo”.

Yo le escuchaba haciendo que prestaba la máxima atención, y reconozco que mi paciencia estuvo a punto de agotarse cuando empezó a cantar las canciones que él había compuesto. No había por dónde cogerlas. Ni se entendían la mitad de las palabras, ni tenían sentido alguno las pocas que lograba sacar en claro en medio del estruendo de erres mal pronunciadas y de tiempos verbales sin sentido. Para colmo el tipo escupía cuando cantaba. Las canciones, además, copiaban descaradamente las sintonías de Pablo Milanés.

Soy un pusilánime, lo sé, siempre lo he sido, y no sabría decir el tiempo que estuve en el asfalto del Paseo del estanque recibiendo salivazos de aquel alemán que no llegaba a los treinta años y quería ser Pablo Milanés, aun en contra del sentido común. Cuando me fui le dejé un billete de cincuenta euros en el plato. En todas las horas que estuvo cantando nadie había puesto un solo euro en el plato de marras, y a mí eso me daba mucha pena. No hacía más que pensar en qué es lo que comería aquel pobre hombre que quería ser Pablo Milanés si nadie le daba ni siquiera para un bocadillo o para un café con leche con churros. Él me agradeció el gesto inclinando ligeramente su cuerpo al tiempo que entonaba Yolanda a grito pelado, con desesperación y con rabia, mientras yo me alejaba camino de la salida de la Puerta de Alcalá.

Desde entonces vengo cada domingo a escucharle tres o cuatro horas. En lugar de comer en un buen restaurante, que es lo que hacía antes de conocerle, me vengo al Retiro y me siento delante suyo a aplaudirle y a decirle que cada domingo que pasa se parece más a Pablo Milanés. Le he terminado por dar cien euros semanales. A veces le he preguntado que dónde duerme, y por más que me dice que vive en un piso de estudiantes yo no me lo creo: huele a calle y a intemperie, sobre todo desde que se dejó esa barba rubia como la de Carlos Marx y le ha empezado a salir raña en la cara y en los dedos. Huele cada día peor, y ahora, además de aguantar los escupitajos que lanza, me tengo que armar de paciencia para soportar el mal aliento que sale de su boca cuando canta. Trato de ponerme un poco lejos, pero él insiste todo el rato en que me acerque y me ponga a su vera para que aprecie mejor la supuesta cadencia de sus tonos y los nuevos sonidos que ha aprendido a sacarle a la guitarra. La gente que habitualmente viene al Retiro los domingos por la tarde nos mira como si fuéramos parte del mismo espectáculo, y algunos incluso hacen bromas cuando pasan al lado nuestro y ven a Rainer Toppmoller - porque este Pablo Milanés les juro que se llama Rainer Toppmoller - con los ojos cerrados cantando a voz en grito como si le fuera la vida en ello. Yo, como ya creo que les he contado, toda mi vida he sido un pusilánime que no he sabido decirle que no a nada ni a nadie.

2 comentarios:

mucho_que_contar dijo...

Yo le recomendé un libro a mi hermana que no me sirvió para nada a mí. "Cómo decir no y no sentirse culpable" No recuerdo quién lo escribió. AL final de leerlo lo único que saqué en claro fue que detrás de un pael y un bolígrafo, todos somos muy valientes, y nos atrevemos a decir cosas que ni en sueños, diríamos a la cara.

Pablo Milanes es de esas personas que alcanzan la categoría de singular. Y quién sabe, quizá mañana sea un japonés el que le dé por decir que él "en el amor es un idiota". Eso sí, trata de imitarlo me parece una absoluta temeridad de inconsciente.

Feliz año nuevo, Santiago.

Editor dijo...

Este año, como todos los años, ha tenido muchas cosas buenas, y otras muchas menos buenas (y también algunas pérdidas desgarradoras); pero entre lo que ha valido la pena incluyo el contacto blogepistolar con todos los habituales en esta sección de comentarios. Muchas felicidades también para ti, y para el resto de amigos y amigas que han querido compartir unas letras en este foro.