18 de mayo de 2009

Turbulencias

Hay que subir muy arriba para verlo todo más lejano y con menos pasiones que nos cieguen. No es una paradoja. Si andamos mirando de cerca todo lo que nos pasa, los problemas se agrandan y las dimensiones nos confunden. Cuanto más se sube o más lejos se viaja, más se van alejando los malos presagios. Hay muchos motivos por los que viajar. De entrada se percibe cuál es la importancia real de lo que uno tiene o de lo que uno teme, se baja a la arena de lo cotidiano y se descubre que ese bufete de abogados o ese barrio de lujo y mucho coturno se quedan en nada cuando se le ponen unos cientos de kilómetros de separación. También descubres que en todas partes se repiten los perfiles y se distribuyen los mismos papeles. En Buenos Aires, en Sydney o en Berlín está el malvado y el buenazo, el ambicioso y el altruista, y por supuesto también habitan todos esos trepas que matarían a su madre por tocar poder. Viajar nos iguala, y eso siempre está bien para evitar tentaciones extremistas o nacionalismos exacerbados e irracionales.

Viajo todo lo que puedo, pero de unos años a esta parte lo estoy pasando fatal en los aviones. Supongo que esos temores tendrán que ver con las acumulaciones de miedos y también con todas esas fobias que a uno le entran a medida que se va haciendo mayor. Hace años, al subir a un avión tocaba el cielo antes de despegar. Ahora me niego a no seguir volando, pero no es lo mismo. Más de una vez me veo recurriendo a la farmacopea para tirarme muchas horas dentro del avión. Todo eso me viene de un reportaje que escribí hace años y que prefiero no contar para evitarme más aprensiones, aunque entonces también descubrí que el avión es el medio de transporte más seguro. Queda dicho. Pero una cosa es la ingeniería aeronáutica y otra son los cielos que surcan los aviones atravesando esas nubes de algodón que de niños nos hacían soñar con un cielo tisú. De un tiempo a esta parte todo tiembla cada vez más. Vas volando y cada dos por tres te ves subido en una montaña rusa de turbulencias y movimientos extraños. Siempre miro a las azafatas para ver si van tranquilas, pero yo creo que ellas también se quedan a veces sin saber cómo fingir. Un amigo piloto me dice siempre que son situaciones controladas, y que apenas hay riesgo para los pasajeros. Vale, está bien, no me queda más remedio que creerle; pero nunca me explica por qué hace años los aviones no se movían tanto como ahora. Mi amigo el piloto me mira irónico porque sabe cómo me las gasto con mis neuras. Yo también me callo. Prefiero pensar que todo se debe a que el cielo anda solidarizándose con nosotros. Por eso se tambalean tanto los aviones últimamente, porque los cielos también están asimilando nuestros alocados ritmos y el cataclismo incontrolable de nuestras crisis cotidianas.

5 comentarios:

josé luis dijo...

Las distancias le dan otra dimensión a la percepción de los hechos, de las pasiones, de las vivencias. Todo parece distinto desde otras perspectivas del tiempo y del espacio. Por esos, cuanta razón con la necesidad de salir, de alejarse por momentos de lo cotidiano para poder seguir con otras miradas...El avión ayuda, el barco o la simple caminata por esos montes o paisajes de cualquier tierra que nos descubren otros mundos más reales.

Editor dijo...

Tienes razón en lo que dices, José Luis. A veces con una simple caminata podemos estar emprendiendo el camino más largo y más sabio de nuestra vida. O con un libro que cambie todas las rutas que tenías previstas hasta ese momento. Un abrazo.

© loki vinodelfin dijo...

Ese llegar a lo más alto comporta multitud de sensaciones. El vértigo por no saber qué está ocurriendo debajo, sabiendo que la vida continúa. Soy un enamorado del avión. Viajar, eso es la vida. Volar, esa es la existencia.

Un abrazo Santiago.

Editor dijo...

Efectivamente, mientras volamos y miramos los paisajes lejanos y los perfiles de las cordilleras, nos olvidamos que debajo está la gente que palpita y camina como mismo vamos caminando nosotros debajo de todos esos aviones que nos sobrevuelan a diario.

Anónimo dijo...

Compañera
usted sabe
puede contar
conmigo
no hasta dos
o hasta diez
sino contar
conmigo

si alguna vez
advierte
que la miro a los ojos
y una veta de amor
reconoce en los míos
no alerte sus fusiles
ni piense qué delirio
a pesar de la veta
o tal vez porque existe
usted puede contar
conmigo

si otras veces
me encuentra
huraño sin motivo
no piense qué flojera
igual puede contar
conmigo

pero hagamos un trato
yo quisiera contar
con usted

es tan lindo
saber que usted existe
uno se siente vivo
y cuando digo esto
quiero decir contar
aunque sea hasta dos
aunque sea hasta cinco
no ya para que acuda
presurosa en mi auxilio
sino para saber
a ciencia cierta
que usted sabe que puede
contar conmigo.

Sea su partida un breve adiós
Hasta siempre maestro.

Mario Benedetti