20 de julio de 2009

La llamada

Se subió a mitad de trayecto. Iba cabizbajo y tenía pinta de vivir solo. Se sentó justo delante de mí. La guagua que diariamente me lleva al trabajo se convierte en un escenario más de mi vida diaria: casi siempre coincidimos los mismos y, sin saber nada los unos de los otros, nos saludamos como si fuéramos parte de una familia. Llevo un par de años recorriendo la misma ruta a la misma hora. Tardamos algo más de media hora en llegar a Las Palmas, y durante ese tiempo nos hemos ido conociendo en las conversaciones que cada cual mantiene algún día por teléfono, en algún comentario casual e incluso en las miradas con que afrontamos la mañana. Algunos desaparecen. Uno quiere pensar que por un cambio de trabajo o de residencia, pero podrían estar muertos y los demás no nos habríamos enterado. También se van renovando algunas caras. Los conductores sí siguen siendo casi siempre los mismos.

El otro día subió ese pasajero del que les hablaba al principio. Era la primera vez que lo hacía en aquel trayecto y a aquella hora. Sobre la marcha sacó su teléfono móvil, marcó un número y empezó a contar su vida a voz en grito. Hablaba con la que parecía su esposa. Le relataba detalles del trabajo al que se dirigía y hacía planes para el inminente fin de semana. Le propuso salir el sábado temprano hacia la playa de San Agustín y luego pasar por Arinaga a comer un caldo de pescado. Los demás viajeros íbamos leyendo un libro, mirando el paisaje o pensando en las musarañas, pero no podíamos dejar de prestar atención a todo lo que iba contando. Supimos también que tenía un hijo adolescente que no quería ir con ellos a la playa porque tenía no sé qué fiesta de cumpleaños. A veces estaba en silencio, como escuchando, durante algunos segundos. Le dijo a la mujer que le pasara con el hijo. Se llamaba Javier. Por lo visto había aprobado todas las asignaturas y su intención era estudiar Periodismo. El padre trataba de convencerlo para que optara por alguna ingeniería, pero luego le comentó que no iba a cuestionar su vocación y que ya tendría tiempo de elegir con más cabeza. Le dijo que se cuidara y que lo pasara de maravilla en la piscina. Después se puso la mujer nuevamente. Quedaba poco para llegar a Las Palmas. Le empezó a decir que la quería y que era una suerte tenerla cada mañana a su lado al despertar. Nadie dijo nada, pero todos nos emocionamos un poco escuchándolo. Luego habló un poco más bajo y le comentó alguna complicidad rematada con un diminutivo cariñoso. Justo en ese momento sonó su teléfono. Se lo estaba inventando todo. No creo que tuviera ni familia ni nadie que le quisiera. Ya dije al principio que tenía pinta de vivir solo y de estar a la deriva. Todos disimulamos. Él tocó el timbre y se bajó en la primera parada de Las Palmas camino del trabajo o de su soledad. Nunca lo sabremos. No ha vuelto a coincidir con nosotros.

6 comentarios:

Gisela dijo...

Me ha conmovido este relato, Santiago...almas desoladas, disimulando en público...

Y me ha gustado mucho tu espacio.
Te enlazo, para leerte fielmente.
Un beso desde Argentina.

Treinta Abriles dijo...

¡Qué historia más curiosa!
¡Cuántas almas aferradas a un deseo que la realidad no le permite cumplir!

Editor dijo...

Gracias a ti, Gisela, por dejar unos comentarios tan bellos en distintas partes del blog. Será un honor contar contigo por aquí. Un abrazo.

PD: También yo he colocado tu blog en mis recomendados sobre la marcha. Me ha gustado mucho.

Anónimo dijo...

http://www.youtube.com/watch?v=qzYwoKu619w

Con un día de camino se recoge una casta de sabiduría.

Editor dijo...

Son muchas, Bea, las almas que se aferran a sueños imposibles.

Magnífico vídeo el que recomiendas, querido anónimo. Un día de camino es la mejor aventura (diaria) que tenemos (cada día). Un abrazo

Treinta Abriles dijo...

Lo peor de todo es que no era un sueño imposible. Era algo cotidiano: una mujer, hijos, un amor, amigos, algo sobre lo que discutir...

Si fuese de verdad un sueño imposible, no sería tan grave.