8 de septiembre de 2009

El extraño

Supongo que a ustedes también les habrá sucedido alguna vez. Paseas tranquilamente por la calle cuando de repente te aborda alguien que te confunde con otro. La mayoría de las veces no te dan tiempo a explicar que tú no eres ése al que creen que están hablando, ni que tampoco tienes una hermana que trabaja en una óptica o un ahijado misionero que anda por Iquitos. Tú eres tú, y lo sabes mejor que nadie, pero el otro se empeña en seguir atribuyéndote una biografía que no te pertenece. Lo que haces en esos casos es que te paras, escuchas y sólo deseas que el que te habla acabe cuanto antes. Él se irá pensando que ha hablado con el otro, y ya tú puedes seguir tu camino tranquilamente. El problema lo tienes si te confunden muchas veces. En ese caso igual te estás volviendo amnésico y no recuerdas quién eres, o bien hay alguien con tu misma cara paseándose tranquilamente a pocos metros de donde te mueves diario.

Lo que resulta más vergonzante es que seas tú el que te confundas cuando te paras a saludar por la calle. Me pasó el otro día. Caminaba tranquilamente por Triana cuando saludé a un hombre que yo hubiera jurado que era mi amigo. Llevaba puesto un polo verde con el nombre de Irlanda y yo aproveché la contingencia para preguntarle si había estado en el país de James Joyce. El supuesto amigo no sólo no me sacó de mi error sino que además participó activamente en la conversación dándome toda clase de detalles del viaje. Como yo viví un tiempo en Dublín me fue fácil mantener la conversación. Por mí habría salido corriendo, pero no era cuestión de montar el numerito en medio de la calle de Triana. Era yo el que le daba conversación, supongo que para que no se diera cuenta de que ya sabía que me estaba equivocando. Por lo menos me había enterado de que aquel desconocido tenía una sobrina que se llama Noemi viviendo cerca de Grafton Street y del Trinity College. O igual se lo inventó todo y me siguió la corriente. Me fui cavilando mi ridículo y ya casi prefería no saludar por no equivocarme; pero justo en ese momento me abordó una señora mayor y me dijo que subiera la compra que llevaba en la mano a su casa. No me dio tiempo a decirle que yo no era su nieto y que tampoco me llamaba Yeray. Le dejé la compra al portero del edificio y salí corriendo. No era mi día.

A lo mejor todos estamos jugando a ser lo que no somos por no molestar y por no dejar en mal lugar al otro. Igual no es usted el que está leyendo esto, ni yo el que lo escribe. A lo mejor estamos todos confundidos y esta no es la obra ni tampoco el personaje que nos correspondía protagonizar. O ya puestos a interpretar casi desde niños nos hemos metido tanto en el papel que ya somos el otro, el que los demás querrían que fuésemos.

5 comentarios:

Sílice dijo...

A mí siempre me preguntan cosas en los grandes supermercados, como si yo trabajase allí, y me pasa casi siempre y en todos. ¿Me verán cara de dependienta? ¿Qué cara debo poner? Y lo bueno es que como casi siempre sé dónde están las cosas que buscan, pues lo digo...¿Quizá eso contribuye a que me sigan preguntando...?
Yo no creo que estemos en esta vida interpretando un papel.Somos como somos, pero eso quiere decir que tenemos muchas "facetas" (igual que esos cristales de las lámparas antiguas)y según con quien estemos mostramos una cara u otra. No nos ven igual un hijo, un amigo, un amante. Cada quién nos ve a su manera y con los "datos" que nosotros les mostramos en ese momento. Pero nosotros somos el conjunto de todas esas "facetas". Y tenemos tantas...que algunas ni siquiera nosotros las conocemos.
Una cosa sí te aseguro, que soy yo la que ha leído tu escrito, ahora es problema tuyo, con los "datos" que te he dado, saber si eso es cierto o no... (jejee)
Un abrazo.

Editor dijo...

Virtualmente sé que eres tú, Inma, pero nunca se sabe. También sé que soy yo el que escribe esto, pero luego cuando me acueste seré otro que igual no tiene nada que ver conmigo, sobre todo cuando sueñe. Pero bueno, ya más en serio, me ha gustado mucho lo que has escrito. Un abrazo

muchasmiradas dijo...

Me han confundido un par de veces pero duró poco.
Y me pasó que creí ver a una profe, colega, con un piercing en la nariz, la busqué unos meses después, le pregunté por su aro y me lo negó, me dijo que nunca había tenido un piercing.
Fue entonces que me pregunté¿estaré volviéndome loca???, estaba segura que la había visto. Pero bueh! son cosas que pasan. Confusiones.
Saludos.

Editor dijo...

Seguro que era ella. Da lo mismo lo que ella diga. Ya tú nunca podrás dejar de imaginarla sin el aor en la nariz. Un abrazo.

Treinta Abriles dijo...

Me encanta el giro que das a la historia.

Pienso como tú, quizá nadie somos ya como somos, si no, como los otros nos quieren ver. Es difícil pasar por esta vida en una libertad absoluta. Eso significaría vivir completamente en soledad. Para vivir en compañía, se paga un precio que a veces es alto.

Me han confundido montones de veces con gente. Llegué a la conclusión de que se debía a la "estandaridad" de mi rostro: ojos grandes y marrones, pelo oscuro ¿Quién no conoce a alguien así? También me preguntan mucho dónde está todo, como a Silice. Y yo creo que lo que me ven es cara de persona poco traicionera. Eso es bueno y malo, como todo.

Al saludar, pocas veces me he confundido. Más bien, creo que fue el otro el que me negó, imponiendo así su libertad.