16 de noviembre de 2009

Inoportunos

Hubo un tiempo en que no estabas comunicado a todas horas y en todas partes. Y ese tiempo, aunque nos parezca mentira, también lo vivimos casi todos nosotros. Ahora vas con el teléfono móvil, con el Iphone o con la PDA a todas partes. O te llevas el ordenador portátil para que no se te escape ningún correo electrónico o la última actualización en los periódicos digitales, en Facebook o en los blogs que sigues habitualmente. No descansamos en ningún momento. Todo es información y comunicación, pero no podemos analizar con mirada crítica lo que vamos leyendo vertiginosamente porque ya está entrando otra noticia, y luego otra, y otra más, de cualquier parte del planeta. No es que reivindique la renuncia a saber lo que pasa; pero sí creo que hay que saber asentar mejor lo que vamos leyendo y lo que nos van contando. No se puede seguir corriendo alocadamente hacia ninguna parte. Hay que volver a reivindicar, discúlpenme por la redundancia, el papel del periódico de papel como complemento necesario para el análisis y la profundización de una actualidad que ahora sólo permanece unos minutos en la pantalla.

Pero me he ido alejando del tema que quería escribir. Y es lógico que lo hiciera. En medio de la escritura ha sonado el teléfono tres veces. No es normal que el teléfono de mi casa suene tres veces seguidas un sábado a las ocho de la mañana. Pero te llaman ellos, los que se presentan con el número privado de la duda, los que te dicen que sólo están haciendo su trabajo, los que saben que descolgarás el auricular porque tienes familiares lejos o preocupaciones más o menos cercanas. Te ofrecen todo tipo de productos, y lo mismo te llaman en nombre de un banco que de una compañía telefónica o de una agencia de seguros. Se enfadan si les recriminas su actitud. Tienen respuestas para todas las reacciones y saben cómo desquiciarte. Últimamente, además, llaman justo cuando acabas de almorzar y te apetece dormir una siesta para seguir funcionando, o los fines de semana, e incluso por la noche. Les da igual lo que les digas. Siempre te acabará llamando otro que no era el mismo, y que hasta se ofenderá porque lo confundes con el que llamó una hora o un día antes. No sé en qué habría parado este artículo de no haberme llamado ellos, pero de momento han conseguido protagonizarlo. Hablo de los inoportunos que entran en tu casa a todas horas sin que encuentres la manera de detenerlos. Te preguntan si tú eres tú y a partir de ahí ya se acaba el diálogo. O aceptas lo que te ofrecen, o ya no paran hasta que vuelves a descolgar el teléfono. Y ellos saben que todos tenemos siempre una llamada pendiente que llevamos esperando toda la vida. Por eso insisten.

1 comentario:

epekeina dijo...

Gracias, Santiago, por la oportunidad de este artículo.

Un abrazo,

Rafa