14 de diciembre de 2009

Abandonados

Cada año, cuando están a punto de llegar las navidades, intento escribir sobre ellos. Nunca son los mismos, y en estos quince años que he escrito reportajes, crónicas o columnas de opinión sobre su situación muchos habrán tenido suerte, y otros, la mayoría, habrán dormido tras una inyección letal que deje espacio a los que desgraciadamente llegan y siguen llegando por nuestras imprudencias y nuestras deserciones. Otro año más, cuando aparezca el desespero de no saber qué regalar, pensaremos en el cachorro de perro que alegre la mañana de Reyes con sus contoneos de desorientado equilibrista. No hay regalo mejor, sobre todo si se va a buscar ese perro a un albergue en el que penan cientos de perros abandonados; pero para que nadie salga perdiendo hay que asumir las responsabilidades y los pequeños inconvenientes que encontraremos cuando el cachorro vaya creciendo y requiera más atenciones y más espacio. No nos podemos dejar llevar por los impulsos ni por esa foto tan navideña en la que el perro casi pasa a formar parte del portal de Belén.

Si finalmente te decides has de saber que puedes empezar una de las aventuras más fascinantes y enriquecedoras de tu vida. Yo perdí una perra de doce años hace casi dos y dije que jamás volvería a tener ningún otro perro en casa. El dolor y la pena me paralizaron durante varias semanas, y aún me basta con cerrar los ojos para revivir todas las emociones que me regaló aquella convivencia en la que yo acabé aprendiendo más de su atavismo que ella de mis neuras y mis contradicciones diarias. Cometí el error de no querer dar otra nueva oportunidad a la alegría, aunque en el fondo sabía que todo lo que tuviera que venir llegaría cuando fuera el momento. Siempre es así. Uno a veces cree que está en una vía muerta de su vida, y de repente el destino te echa a andar mucho más rápido y con más decisión que antes de haber entrado en ese retroceso. Nunca hay que desdeñar los milagros. Jamás. Lo puedo decir también cuando hablo de los perros. Hace ahora un año fui al albergue de perros abandonados de Santa Brígida y elegí a Fleco. Lo habían maltratado y lo habían dejado herido de tristeza y traición. Los primeros días ni siquiera se acercaba a nosotros. Ahora es la fiesta diaria de la casa, los saltos que dejan en la puerta de la calle todas las canalladas que podemos traer del trajín cotidiano. Cuando elegí a Fleco había casi un centenar de perros como él en la perrera. Todos ellos dependen de nosotros. Ese regalo es el mejor regalo posible, pero debes sopesar bien tu decisión. Si finalmente te decides, te aseguro que su lealtad y el brillo intenso de su agradecida mirada te salvarán de esas penas que tantas veces intentan oscurecer nuestras mañanas.

4 comentarios:

Marta dijo...

No he podido resistirme a escibir mi opinión a este artículo. Sencillamente, maravilloso. Es realmente estupendo cuando uno descubre que existe gente sensible (y sensible en cuanto a animales se refiere, más todavía), gente que ama a los animales, pero no por ñoñería, o porque estén de moda, o para comprarles ropita o hacerles coletitas; no, gente que los aprecia y los respeta; que sabiendo que son animales, saben que también nos enseñan y nos dan la oportunidad de corregirnos todos los días, que es algo de agradecer; y que nos hacen mejor personas; es decir, nos hacen sensibles. Hay gente que desprecia a las personas que somos sensibles porque igual lo que más se lleva es ser un tipo duro y agresivo por la vida, dándotelas de que estás de vuelta de todo. Pero yo digo que ser sensible es lo mejor del mundo, aunque muchas veces te lleves sofocones, dolores de cabeza, angustias y algún que otro ingreso de urgencias. Es lo que te hace sentirte vivo, apreciar las cosas sencillas y básicas, que son las más importantes. Qué me dices cuando llegamos a casa malhumorados porque hemos llegado a las 3:05 en vez de a las 3:00, y sin querer le hacemos un mal gesto a nuestro perro, y él no sólo no se molesta, sino que vuelve a intentar sacarnos la sonrisa, y una tercera vez, hasta que a la cuarta vez lo consigue, como si de un juego se tratara. ¿Hay lección más grande que esa?
Es genial cuando lees un texto como el tuyo, cargado de sensibilidad y de experiencias vividas, y notas como se te pone un nudo en la garganta y se te escapan un montón de lágrimas. Pero todo de felicidad. Yo también tengo una perra que me la encontré abandonada(aunque sinceramente creo que ella me encontró a mí), y cada día le doy las gracias por "haberse quedado conmigo".
Gracias, felicidades y que sigas emocionando.

Rayco Cruz dijo...

Jamás abandonaré a una mascota. Mi perro forma parte de mi familia, y nunca abandonaría a un hermano o un hijo. Es lo mismo, por mucho que alguien me acuse de demagogo. Es la alegría de la casa y no me la imagenio sin ella correteando por todas partes.
¡Que disfrutes de tu Fleco!

barbara dijo...

No sabía lo de tú perro, pero nosotros la perdimos este año. Reflejas en el artículo todo la vivencia que tuvimos con ella toda la familia, porque era parte de eela que disfrutes de Fleco

Editor dijo...

Qué bello lo que has escrito, Marta. Tu perra es una afortunada por estar contigo, aunque estoy de acuerdo con lo que dices: son ellos los que nos encuentran y también los que nos enseñan. Ah, y viva la sensibilidad, los que no la tienen o se niegan a cultivarla no saben lo que se están perdiendo. Allá ellos.
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Muchas gracias, Tayco, por haber estado anoche en la presentación del libro. Efectivamente, son una parte más de la familia, y creo que por su esperanza de vida más corta les debemos dar el doble de cariño, o por lo menos tanto como el que ellos nos regalan a nosotros.
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Cómo siento lo de tu perro, Bárbara. Seguro que está bien en otro lugar, con otro gente, y que tú encontrarás otro que llene su vacío.