4 de enero de 2010

Ilusiones

Quién nos alejó de los sueños, cuándo dejamos de creer en la magia de los milagros, en qué calle dejamos a aquel niño que no podía pegar ojo cada 5 de enero, a santo de qué tenemos que estar todo el día con gesto serio, hablando de temas supuestamente importantes y durmiendo poco y mal por culpa de las crisis que nunca terminan. Nos dejamos llevar como si fuéramos eternos y pudiéramos tener otra oportunidad más adelante para vivir más felices, o para pasear siempre cerca de la orilla, junto al mar, equilibrando nuestros pasos y nuestra respiración. No sabemos cuándo empezamos a pactar con lo prosaico, pero si no despabilamos se nos van a ir los años tan veloces y tan poco aprovechados como se nos han estado yendo hasta ahora. Por aquí pasamos sólo una vez, y de momento no ha regresado nadie que desmienta esa evidencia. Vivir intensamente cada segundo y apostar por el cariño y la solidaridad depende de cada uno de nosotros. El mundo, por tanto, lo podemos cambiar entre todos. Da lo mismo lo que decidan en las cumbres internacionales o en las instituciones encorsetadas y sujetas a mil intereses. Yo hablo de otros cambios que tienen que ver más con revoluciones personales que pongan freno a tanto desatino y a tanta estupidez.

Hace años todos nosotros aún manteníamos a salvo nuestros sueños. Sabíamos desear y esperar los milagros. No siempre encontrábamos lo que queríamos, pero sabíamos apreciar las intenciones: cada regalo sin abrir contenía una ilusión sin límites, una esperanza de sorpresa, la sensación de que a medida que se iba rompiendo el papel se abría un mundo nuevo delante de nuestros ojos atónitos. Hay que sacar a pasear al niño que llevamos dentro. Eres el que eres, más alto, más viejo o más canoso; pero dentro de ti queda intacta aquella ilusión de la infancia. Nada puede frenarte si te aferras a aquel niño que te llevaba cada día por caminos nuevos en busca de aventuras. No dejes que la rutina te convierta en un autómata que sólo se asoma al mundo que le enseñan los telediarios. Hay mil motivos para ser felices, da lo mismo lo oscuro que nos quieran pintar el porvenir. Nos vale sólo el presente, ese minuto de gloria que estás dejando escapar todo el rato. No hacen falta grandes viajes. Ni siquiera se nos pide documentación o tarjeta de crédito. En unos días podrás comprobar qué es lo que quiero decir cuando veas la mirada de los niños en la cabalgata de Reyes o en el momento de levantarse de la cama y encontrar el paraíso instalado en el salón de su casa. Tú también podrías levantarte igual cada mañana. O aprendes a soñar o tus días no serán más que lastres inservibles que te anclan cada vez más a la mediocridad. Vivir es algo más que un verbo.

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