22 de marzo de 2010

Palabras

Toda palabra tiene un proceso milagroso que casi nunca valoramos. Decimos adiós, amapola, ocaso o mañana sin valorar el origen, la evolución o el propio sentido de cada una de esas palabras. Vienen de otros idiomas, se van transformando, han viajado miles de kilómetros o han nacido casi al lado de casa; pero siempre hubo alguien que unió el océano a los signos que lo representan cuando lo nombramos o lo llevamos al papel. Incluso nuestros nombres escriben buena parte de nuestro destino. No es lo mismo llamarse Alberto que Andrés o que te bauticen como Alicia o como Fátima. Ya eso era algo que reivindicó Óscar Wilde con aquella importancia de llamarse Ernesto. Eres quien eres porque te llamas como te llamas. Los demás sólo te conocen y te visualizan cuando pronuncian tu nombre. Y justamente ese nombre que te pusieron azarosamente, junto con un par de palabras que te identifiquen, será lo único que quedará de ti cuando te vayas.

Pero las palabras también tienen sus propios pesos, y en estos tiempos tan pueriles parece como si se fueran adelgazando y perdiendo toda su fuerza evocadora. O se vuelven anoréxicas, o se nos presentan con un sobrepeso que nos abruma cuando juegan con ellas los políticos y las vacían de contenido, adormeciéndolas y dejándolas como hojas secas e inservibles que se lleva el otoño. Se le ha perdido el respeto a la palabra, lo que equivale a decir que nos hemos perdido el respeto a nosotros mismos. Ha perdido valor, lo mismo que la verdad y que la honradez. En la literatura, por ejemplo, el principio de Arquímedes se suele cumplir justo al revés: suele desalojar más agua quien menos pesa y menos vale, y si no ahí está el ejemplo de Delibes sin premio Nobel. Si hubiera gritado un poco más o si se hubiera sumado a todos los manifiestos de los abajo firmantes seguro que habría tenido un eco mucho más mediático mientras estuvo vivo. Pero la gloria se la llevaron los otros montando numeritos en la televisión o atizando mandobles a diestro y siniestro. En la escritura, sin embargo, que es al final lo único que queda, sí ha salido ganando el vallisoletano. Obras son amores, que decía el adagio.

Ya no escribimos recurriendo a aquel recado de escribir que aparece en las novelas decimonónicas o que pedía González Ruano cuando entraba cada mañana a la cafetería Teide del Paseo de Recoletos para escribir de un tirón cuatro o cinco artículos de opinión. No hay pluma, ni tinta, ni arena para secar las palabras e inmortalizarlas en el papel. Ahora escribimos mirando a la pantalla, y las letras parece que las trazamos en el agua. Basta un despiste para perderlas para siempre. Las palabras, que parecían tan inmortales, se han vuelto tan etéreas y tan vulnerables como la propia vida.

9 comentarios:

Sílice dijo...

Aquí acabas de explicarme muy bien el por qué de "saudade"

Un abrazo.

Inma

Anónimo dijo...

Estimado Santiago, por si usted aún no lo ha notado, la palabra maestro le anda buscando.

Gracias por tan bello y certero texto.

Editor dijo...

Muchas gracias, pero prefiero quedarme en el eterno aprendiz que canta Maria Bethania o en el divino fracaso que defendía Cansinos Assens. Un abrazo

Belkys dijo...

Muchas gracias por la charla de ayer en el taller de Anroart. ¡Magnífica! Particularmente, como profesional de la palabra, que hace mucho tiempo también hizo literatura en la prensa, fue una inyección de vida y esperanza.
Tiene mucha fuerza y mucha verdad este artículo sobre la palabra. El de los Emigrantes, el cual acabo de leer en Psicografías, pues sencillamente poético y enorme. Me emociona particularmente pues estoy dentro de ese grupo humano que todavía experimenta el dolor por la partida.Gracias otra vez,
Belkys(de Cuba)

Editor dijo...

Hola Belkys, el placer te aseguro que fue mío. Gracias a ustedes por la atención y la participación. No te agobies por estos tiempos tan extraños que estamos viviendo. Verás como poco a poco irás rearmando tus sueños. Ese desgarro del que hablas es tremendo, pero se supera, o se aprende a sobrellevar, o por lo menos sirve para escribir un poco más cerca del corazón. Nuestra profesión está viviendo momentos muy duros: no desesperes y confía en tu talento y en tu suerte. Un fuerte abrazo.

Treinta Abriles dijo...

Santiago, me ha encantado. Pienso lo mismo de Delibes. No he podido leerlo hasta ahora, por problemas en un ojo, que me han dejado trabajar a duras penas.

Me quedo con una frase tuya del día que nos conocimos, con Fran, Elena, Carlos y tu "otra costilla", que decía la biblía: "Reconozco que Delibes es uno de mis padres literarios". Tan bonita me sonó esa frase...

Editor dijo...

Lo es, y lo seguirá siendo, Bea. Espero que estés mejor del ojo. Un fuerte abrazo

Belkys dijo...

Sí, Santiago, tienes toda la razón, son tiempos muy raros, que nos tientan a quedarnos quietos. Lo bueno es que si escuchas palabras como estas, le das una patada al desánimo y sigues a pesar de todo.
Escribir del lado del corazón, de eso se trata, aunque nos tilden de anticuados y sensibleros. Es la única manera de seguir siendo auténticos y de ayudar a otros a serlo. Como dijera Fito Páez:"Quién dijo que todo está perdido, yo vengo a ofrecer mi corazón.Gracias nuevamente por tus palabras. Un abrazo

Editor dijo...

Gracias a ti Belkys por dejarnos tan bellas palabras y por encomendarte al gran Fito Páez. Al lado del corazón y de las palabras sigues estando a salvo. Da lo mismo que los otros no lo entiendan. Te deseo toda la suerte del mundo. Un fuerte abrazo.