7 de junio de 2010

Patalavaca

Se reconocen serenos y seguros cada vez que se miran. No concebirían la felicidad sin estar juntos. Se conocieron, o eso creen ellos, en un vuelo de regreso de Berlín hace ocho años. Los dos habían ido casualmente la misma semana de vacaciones, cada uno por separado. Se habían alojado en distintos hoteles, no habían coincidido a la misma hora en el Altes Museum o en la puerta de Brandemburgo, y hasta que no pronunciaron las primeras palabras casi no se habían dado cuenta de que estaba el uno al lado del otro. Ella, despistada como siempre, le preguntó si sabía a qué hora llegarían a Gran Canaria. Él, siempre más organizado, miró su reloj y precisó la hora de llegada con tal puntualidad que a ella ya, desde ese primer momento, le pareció un hombre casi milagroso. Él se perdió en sus ojos verdes cuando le detalló el tiempo de duración del vuelo que luego ratificaría el piloto justo después de despegar. Ella no podía apartar sus ojos de aquella mirada cercana que intentaba recordar en qué momento anterior se había cruzado con la suya. No pararon de hablar hasta aterrizar en Gran Canaria. Ahora serían incapaces de vivir el uno sin el otro.

Casi treinta años atrás, cuando ella tenía cuatro años y él estaba a punto de cumplir los cinco, no les hizo falta ni presentaciones ni confidencias para llegar a compartir uno de esos días maravillosos que luego nunca se recuerdan, pero que son los que proporcionan esa alegría que no sabemos de dónde sale cuando parece que todo se nos va a venir abajo. Ya él estaba en la playa de Patalavaca con su pala, su rastrillo y su cubo. La marea estaba vacía y a esa edad, con marea vacía, cualquier playa de arena se convierte en un reclamo que difícilmente se cambiaría por el paraíso, suponiendo que ése no sea el paraíso. Se miraron y empezaron a compartir palas y cubos. Las que tenía él eran rojas; las que traía ella estaban nuevas y eran azules. Construyeron un gran castillo de arena y un volcán que ella decía que era el Teide y que él se empeñaba en identificar con la montaña de Arucas. No existía el tiempo, ni los padres, ni los otros niños que también jugaban por la playa. Estuvieron trabajando mancomunadamente hasta que subió la marea y todo lo que habían levantado fue destrozado por las aguas. Los dos miraban estupefactos e impotentes cómo la virulencia de las olas se llevaba por delante su castillo. No quedó ni una de aquellas almenas cuidadosamente perfiladas por ella mientras él levantaba un muro de contención alrededor de la fortaleza. Hasta treinta años después no pudieron reconstruir aquel sueño compartido en la playa una tarde inolvidable de la infancia. Ninguno de los dos recuerda aquel momento, pero siempre repiten, cuando se abrazan, que parece como si se hubieran conocido desde mucho tiempo antes. Incluso toda la vida.

2 comentarios:

Bi dijo...

Qué hermosa historia de amor tan delicadamente contada. No faltan ni sobran palabras y todas, absolutamente todas, estremecen.

Aldo dijo...

MUTACIÓN
“...y el otrora duende –hoy demonizado y devenido gárgola execrable-, contempló, recién despierto y atónito, como el fruto de su sudor de más de tres lustros, se había perdido irremisiblemente. La tierra, quebrada por la ausencia de una lágrima de afecto, exhibía al cielo, la raíces inertes de secos matorrales.
El rebaño, satisfechas su hambre y sed, y cual felino trasnochador, sin “¡Adiós! ni “¡Gracias!”, rompió la barda que le guarecía de predadores exógenos y se encaminó a un pastizal vecino, deslumbrado solamente por el color de una hierba cuyo sabor siquiera conoce....”