23 de agosto de 2010

El Almodóvar

Hace años, en un viaje por Italia, me tocó sufrir a un compañero que no hacía más que grabar todo lo que íbamos viendo. Llegabas a Siena o a Florencia y él no sacaba el ojo del visor de la cámara pasara lo que pasara a su alrededor. Incluso grababa las explicaciones de los guías y hasta nuestros pasos cuando andábamos por cualquier calle de Roma. Nunca me hubiera imaginado que mi amigo, al que terminamos apodando el Almodóvar, pudiera llegar a ser tan coñazo. No vio Italia, de eso puedo dar fe. Fue a la vuelta, cuando ya estaba delante de la pantalla en su casa, cuando descubrió el Baptisterio de Florencia o esa luz inigualable de Venecia cuando cae la tarde y la ciudad se vacía de turistas chillones. Sólo aguanté diez minutos viendo la película del viaje; pero sé de muchos amigos que aún la sufren cuando visitan su casa y llegan los postres y las propuestas de sobremesa.

Cuando mi amigo grababa cada adoquín de las calles italianas casi no había cámaras digitales, y los teléfonos aún no estaban equipados con toda clase de artilugios de última generación. Ahora que recuerdo, las fotos de aquel viaje a Italia, como casi todas las fotos de otros viajes anteriores, aún tenían que esperar al regreso para convertirse en papel y en milagro. Ya no sé dónde están. Las que no escaneamos en su momento parece como si se las hubiera tragado la tierra. Sólo permanece lo digital, lo que sale en la pantalla, con el riesgo que tiene eso ante cualquier virus o cualquier despiste que pueda terminar por borrarlo todo y dejarnos sin memoria visual de lo que fuimos. Pero digo que no existían cámaras digitales porque en esos años los Almodóvar eran contados, y más o menos podías esquivarlos. Ahora donde quiera que vayas o que viajes te encuentras a alguien con la cámara o con el móvil haciendo lo mismo que hacía mi amigo por el Trastévere o por el Puente Vecchio. Incluso ya no hay quien visite un museo. La gente no mira los cuadros: los fotografía uno a uno, y te cuesta una barbaridad encontrar un hueco para verlos entre tanto artilugio disparando sin flash, que es lo único que, de momento, les piden en los museos. Más de una vez he estado a punto de decirles que si bajaran a la librería y compraran el catálogo acabarían mucho antes, pero no me he atrevido. Hay mucho loco suelto y uno nunca sabe cómo puede responder un exaltado ante una propuesta coherente. Lo peor es que creo que también hay muchos que están viviendo la vida como quien graba algo para verlo luego en casa: la dejan pasar de largo y no aprovechan cada minuto de su existencia. No saben que lo que luego ven en esas grabaciones no es más que una ficción en la que ya no pintan nada. A veces ni siquiera podemos dar fe de nuestros propios recuerdos. Y es verdad, para qué negarlo, que al final todo se acaba confundiendo en esa extraña película titulada Vida.

5 comentarios:

Karmen dijo...

Me he identificado con tu entrada, en concreto con tu amigo "el Almodovar".

De acuerdo contigo en que cuando reviso en casa lo que he fotografiado es algo que ya pasó, pero es la constatación de que he estado allí. Es como cuando escribes. Lo que lees hoy de algo escrito hace años a veces ni lo entiendes ni te identificas con esa persona que eras tú, pero sabes que en ese momento eras así y que aquello, ahora insustancial, fue importante.

Seguiré escribiendo y seguiré haciendo fotos en mis viajes. Eso sí, intentando no molestar :)

Un abrazo.

Editor dijo...

Tú seguro que nunca te parecerías a ese amigo coñazo que grababa hasta los coches aparcados en las calles. Un abrazo

Editor dijo...

Tú seguro que nunca te parecerías a ese amigo coñazo que grababa hasta los coches aparcados en las calles. Un abrazo

Francesc Cornadó dijo...

Si no existieran las cámaras de fotos o de vídeos, si el turista no pudiera enseñar a sus vecinos las imágenes de su viajecito, me parece que los viajes turísticos se reducirían en un porcentaje importante. Probablemente sea este porcentaje lo que indica el grado de ostentación del viajero. En definitiva poder mostar andanzas y dispendios.

Francesc Cornadó

Editor dijo...

Tienes razón, Francesc, nos queda esa foto que evidencia que estuvimos unos minutos de nuestra vida en lugares que soñamos durante años. He jugado a una ironía exagerada, pero las ciudades se quedarían tristes sin turistas que nos recuerden las vacaciones y que nos redescrubran fachadas o calles olvidadas.