9 de agosto de 2010

Propósitos

Con el ruido escapamos de nosotros mismos. Cada vez cuesta más encontrar espacios de sosiego y silencio en los que poder reencontrarnos. No reivindico la hiperestesia ni la fijación maniática que preconizan siempre los que andan obsesionados con cualquier sonido que les recuerde que no están solos en el mundo; pero sí es verdad que convivimos con teles que jamás se apagan en las casas vecinas, con bocinazos y hasta con nuestras propias palabras vacías de contenido. Casi siempre hablamos por hablar, para evitar ese silencio que tanto tememos, y desde que entramos en casa buscamos la manera de escapar de nosotros mismos activando cualquier aparato que nos distraiga. Si nos dejaran pensar un rato empezaríamos a cuestionarnos todo el montaje que habitamos. El silencio sería hoy la gran revolución y la puerta de entrada a una armonía que necesitamos como agua de mayo en un mundo que cada día entendemos menos.

Solemos andar desorientados hasta que nos cruzamos con una muerte cercana, o hasta que la salud nos recuerda nuestra vulnerabilidad y lo poco que realmente duramos en este juego. Prometemos cambiar, vivir más intensamente cada momento y hacer lo que nos dicte el corazón, pero siempre termina llegando la mañana con sus cuentas pendientes y todas esas ocupaciones que no admiten demora. Claudicamos. Olvidamos a todos esos muertos que se fueron con lo puesto y que ya no son más que olvido. Desde que nos dejan nos instalamos de nuevo en esa inmortalidad idiota que nos hace creer que tenemos todos los días de la eternidad por delante. Vamos demorando proyectos, dejamos que los amores se nos mueran por falta de cuidados y de palabras que los salven, aparcamos vocaciones y negociamos nuevos créditos para acceder a caprichos que al final no nos dan absolutamente nada. Un buen día te vas, de repente, casi siempre sin que nadie te avise, como has visto que se han ido tantos en los años que llevas en el planeta. Tú no vas a ser una excepción. No te digo que te escapes al barranco de Los Cernícalos a vivir como un anacoreta, tampoco tienes que salir disparado para el Tibet ni acudir a darte un baño purificador a ningún Ganges. Todos los cambios están al alcance de tu mano. Empiezan en el silencio y en el reconocimiento de todo aquello que debes cuidar para no extraviarte. Los buenos momentos dependen de ti mismo. También el disfrute de la compañía que más te agrada, las puestas de sol que ni siquiera miras cuando regresas derrotado a casa o el mar que se derrama cada día como una metáfora vitalista y cambiante a la orilla de tu propia mirada. Eso lo hablaba a todas horas con un amigo que hace unos días desapareció para siempre. Hoy necesito mantener a salvo esos propósitos para saber que efectivamente estoy viviendo.

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