8 de septiembre de 2010

El futbolista

Les voy a contar una historia en la que no quiero que se note ni la amargura ni el fracaso. Una historia real, como otras muchas que ustedes conocen. Hacía más de veinte años que no veía al amigo que me tropecé en el aeropuerto. Estaba en Madrid y había venido a visitar con su hijo el Santiago Bernabéu. Me contó que era la primera vez que había salido del archipiélago, y que lo tuvo que hacer porque se lo había prometido a su hijo si aprobaba todas las asignaturas con sobresalientes. El chico es un forofo del Real Madrid que no se quita de encima la camiseta de Cristiano Ronaldo. Su padre me lo presenta y le cuenta que nos criamos juntos. Yo le digo a su hijo que su padre era el mejor futbolista de todos nosotros, el que metía todos los goles y el que hacía las jugadas más prodigiosas. Veo que le brillan los ojos cuando recuerdo sus hazañas deportivas. Su hijo, mientras, me pide que le cuente cómo jugaba su padre y con qué jugador actual se le podría comparar. No exagero: su padre era una mezcla perfecta de Romario y Butragueño. El niño insiste en un jugador actual. Me quedo pensando. Podría decirle que tenía la sutileza de Iniesta y el desparpajo de Messi. Era un grande, el mejor de todos nosotros.

El hijo se fue a recorrer las tiendas del aeropuerto de Barajas con su camiseta de Cristiano Ronaldo. Yo me quedé hablando con mi amigo. Las cosas no le iban bien. Lo habían parado hacía dos meses. Trabajaba en la construcción. Mi amigo ni siquiera acabó el Graduado Escolar. Todos le decían que tenía el futuro garantizado como futbolista, y él se lo creyó y se dejó ir. Destacó en las categorías inferiores de la Unión Deportiva y estuvo a punto de ir al juvenil del Real Madrid. Prácticamente estaba el acuerdo cerrado cuando en un partido entre amigos pisó el balón y cayó en mala posición en una cancha de cemento que le partió la pierna en mil pedazos. Lo operaron varias veces y estuvo casi un año sin poder jugar. Cuando regresó a los terrenos de juego había perdido la velocidad y también aquella genialidad que le diferenciaba del resto de jugadores. Quería pero no podía, y poco a poco lo fueron enviando al banquillo y lo cedieron a equipos de inferior categoría. Recayó en la lesión, descuidó la preparación física y la misma desmoralización le llevó a ir fracasando todas las veces que intentaba volver a ser el que fue. Me ha comentado que su hijo juega exactamente igual que él a su misma edad, pero que tiene miedo a que le suceda mismo. Incluso estando en paro, ha querido cumplir la promesa que le hizo si sacaba todo sobresaliente. Medio en broma me decía que esperaba que el próximo año no le pidiera ir a ver la final de la Champions. Nos despedimos en el aeropuerto de Gran Canaria. Mi amigo abrazaba a su hijo como tratando de salvaguardar toda su suerte. Aquella imagen que se iba alejando era como la vida misma.

1 comentario:

mucho_que_contar dijo...

Ha sido emotivo de verdad. No soy un apasionado de fútbol, si acaso un simple aficionado que sólo lo ve y es cuando encarta. Pero reconozco que es una profesión que, además de precisar de talento, la suerte es esencial. Una lesión se llevó por delante algo que pudiera haber sido y subrayo lo de pudiera, porque pensar en el futuro condicional es pensar en utopías. Una lesión te deja fuera de juego. Y de rodilla, sé yo bastante. Cuando yo jugaba siempre era al primero al que elegían, pero dejé de jugar cuando las obligaciones me lo impusieron. Trabajando, me destrocé la pierna de tal manera que ya no puedo ni correr siquiera. Hubiese sido duro tener que dejar de jugar repentinamente, por eso puedo comprender a tu amigo. Toda la suerte del mundo para él y que los vientos del empleo le sean propicos y pueda disfrutar con su hijo de su pasión.

Gracias Santiago. Tus entradas siempre me hacen pensar, pero ésta ha hecho a la empatía salir por los aires. Un abrazo.