4 de octubre de 2010

El olvido

No sé cómo se llama; ella tampoco lo sabe. La veo cada mañana en la calle Francisco Gourié. Me mira y yo la miro. Siempre que puedo le regalo una sonrisa. A ella la llevan cogida de la mano. A veces también me sonríe. Nunca la he escuchado hablar, va como ausente, como si estuviera fuera de este mundo, y se deja llevar, paso a paso, incertidumbre a incertidumbre. La ambulancia que la viene a buscar lleva escrita la palabra Alzheimer. Ella no puede leerla, o no entiende esos trazos que le resultan tan familiares y cercanos. No recuerda ni el abecedario ni el nombre de sus hijos. Tuvo que ser una mujer muy guapa.

Ella se ve corriendo de niña por la playa de Las Canteras o jugando a tener su primer novio en Triana. No hace falta que diga nada para saber que está reviviendo el pasado. Es lo único que le queda en el recuerdo, lo más lejano, lo que a veces nos parece que hemos perdido para siempre. Los demás, los que la miramos, nunca la imaginamos con diez o doce años. Todos los viejos tuvieron diez años y corrieron ufanos a la salida del colegio. También muchos de los niños que vemos hoy llegarán a viejos. Pero ni a los niños podemos ponerles canas y andares más lentos, ni tampoco somos capaces de ver a los mayores tirándose bolas de arena en la orilla de las playas. No sé qué pensará esa señora bien vestida, a la que se conoce que cuidan sus hijos, de las prisas con las que nos movemos los que cruzamos apresurados la calle, de los que pitan desesperados porque alguien detiene su coche un minuto para que baje un niño, o de todos esos prepotentes que pisan como si fueran a comerse el mundo con sus pasos ambiciosos y sus poses altaneras. El joven que la ayuda a subir al transporte adaptado la trata con mucho cariño, pero siempre como si fuera una niña, hablándole con diminutivos y apelando a la misma complicidad con la que tratamos a los más pequeños. A veces me han dado ganas de pararme y explicarle que Jimi Hendrix o John Lennon tendrían hoy en día la misma edad que ella, o que los Rolling Stones aún siguen cantando a sus mismos años, o que crió a sus hijos con mucho esfuerzo, o que si está aquí es porque ha sobrevivido a carros y carretones, a las crisis y a los desgarros de las ausencias. También le diría que ha vivido momentos memorables, que ha tenido perros fieles muchos años y que regó muchas flores y muchas plantas que no habrían sobrevivido de no haber estado ella para cuidarlas. Cuando él no había nacido ya ella había vivido media vida. Esta misma calle en la que la recoge cada día era la orilla del mar cuando era niña, y la Autovía Marítima era el océano que ella veía perderse en el horizonte del mismo olvido que hoy la confunde. Un día de éstos dejaré de verla. Sigo sin saber nada de ella. Pero me tranquiliza encontrarme con su sonrisa beatífica y serena cada mañana.

6 comentarios:

Jonás Oliva dijo...

El Alzheimer, enfermedad triste donde las haya. O quizá para quienes la padecen no sea así, pues regresan a aquellos recuerdos de otra época, probablemente más felices que su día a día actual. Quizá esa anciana sea más feliz al mirarse y verse una joven hermosa corriendo por la playa, inconsciente de cuanto le rodea. Yo esta semana también le he escrito al Alzheimer en mi blog, por si te interesa www.lateladelaarachnida.blogspot.com y recomiendo acercarse al cine a ver Bicicleta, cuchara, manzana, película documental de Carles Bosch, quien aborda esta enfermedad desde la perspectiva de Pasqual Maragall. Saludos

mucho_que_contar dijo...

Últimamente paso por aquí, leo tu cita y la guardo junto con otras frases de grandes personas como un tesoro preciado. El asesino habrá visto Barrio Sésamo y puede que Heidi y Marco. Sublime y directo, sencillamente. El tiempo no me permite comentarlas con la profundidad que mereces. Pero este relato ha hecho que alguna lágrima resbale por la mejilla. Muy tierno, tan bien contado que yo también he podido ver esa sonrisa. O quizá la he podido ver porque he visto muchas, quién sabe. Sabes lo mucho que te aprecio Santiago. No puedo dejar de sorprenderme con tus textos. Felicidades

Palos de ciego dijo...

Todos alguna vez hemos visto, o conocemos a alguien en idénticas circunstancias. Hay un pasaje en "Cien años de soledad" que relata la peste del insomnio que asola a Macondo, hasta que regresa Melquíades con una fórmula mágica de su invención para volver a poner las cosas en su sitio.
Este pasaje me parece una excelente metáfora literaria del Alzheimer.
Siempre pensamos que las personas que sufren esta enfermedad se encuentran perdidos dentro de sus propios laberintos. Pero si analizamos detenidamente nuestras vidas, lo que tienen de absurdo, rutina y sinsentido, podríamos llegar a pensar que somos nosotros los que realmente estamos perdidos en nuestros propios laberintos, y ellos los que deberían recogernos todos los días en una furgoneta para conducirnos al sanatorio o al geriátrico, es decir, al trabajo.

Editor dijo...

Les recomiendo a todos el blog de Jonás Oliva. Su acercamiento al olvido pone los pelos de punta.
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Sabes que la admiración es mutua.
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Estoy de acuerdo contigo, Rubén. Una crítica irónica a estos tiempos en los que todos nos creemos eternos y cuerdos.

Distintos dijo...

Tengo una amiga que se ha olvidado de su nombre, pero no de amar

Editor dijo...

Tu amiga es una mujer sabia.