17 de enero de 2011

Contados

Todo lo que existe puede ser contado. Si no nos cuentan no somos; si no nos contamos no quedará rastro de nosotros. Los abuelos son los que más saben de esas evidencias, por eso se cuentan y nos cuentan a todas horas. Saben que cuando se vayan se llevarán consigo la memoria, las caras y las frases de todos los que les precedieron. Ellos aún conservan la narración oral que fue perpetuando antepasados y leyendas. Hoy nos hemos vuelto pasivos e inmediatos. Nos sentamos delante de las pantallas a esperar que los otros nos cuenten historias, o nos conectamos a Internet y escribimos lo que estamos haciendo en cualquiera de esas redes sociales que no paran de aparecer cada dos por tres. La última que arrasa en medio mundo es Four Square, una red en la que vas indicando en qué punto del planeta te encuentras en cada momento. Vamos, que el Gran Hermano sí que ha llegado definitivamente: al paso de las semanas todos pueden hacer un recorrido por tus movimientos y conocer tus comentarios en cada uno de los sitios que has ido visitando. Y si tú llegas a alguna de esas calles y te conectas a Four Square sobre la marcha te aparecen los restaurantes o edificios emblemáticos que han reseñado los que han estado antes que tú. Ya no eres anónimo en ninguna parte. Te puedes estar tomando una caña tranquilamente en una terraza sin saber que en ese momento hay un satélite retratando hasta la marca de la cerveza de marras.

En medio de ese cibercontrol nadie cuenta cómo somos. Nos ven, pero no saben de nosotros. Esa es una de las paradojas del mundo que vivimos. Creemos que lo conocemos todo, pero cada vez sabemos menos de lo que sucede a nuestro alrededor, o por lo menos en el alrededor más cercano. Por eso tenemos que contarnos y que escribirnos unos a otros. De lo contrario se perderán nuestras referencias y las de las abuelas que nos enseñaron a contar historias. Lo decía Galdós en Fortunata y Jacinta: por doquiera que el hombre va lleva consigo su novela. También lo dejó escrito Stendhal en el prólogo de Rojo y Negro, una novela a la que le debo mi entrega sin condiciones a la literatura. El escritor francés, que también nos dejó la inolvidable Cartuja de Parma, decía que la novela es un espejo que se pasea por un ancho camino. Galdós y Stendhal, en el fondo, venían a decir lo mismo. Somos una novela desde que despertamos cada mañana, un argumento que no sabemos cómo se acabará escribiendo y una sucesión de encuentros y desencuentros tan inesperados como sorprendentes y enigmáticos. Pero también nos vamos escribiendo en el camino que recorremos a diario. Da lo mismo lo que pretendan hacer con las nuevas redes sociales. Nuestros únicos rastros creíbles son los que dejan las palabras. Todo lo demás es olvido y virtualidad. La nada de nosotros mismos.

2 comentarios:

Distintos dijo...

Hermoso y cierto..Por eso, no pueden faltar las palabras, tus palabras..

Antonio Jiménez Paz dijo...

Estupenda reflexión, amigo Santiago. Qué clarividente te levantaste... "Nos ven, pero no saben de nostros", por ejemplo, es una frase tuya que subrayo... Que no nos falte nunca el diálogo, ese toma-daca entre interlocutores, entre conocidos, entre amigos. Mientras conversamos nos desvelamos, regalamos lo más propio que tenemos, aunque el mundo se haya empecinado en que "ser vistos" sea el no-da-más: el triunfo de las apariencias, el triunfo justo de lo que no somos ni de lejos.
AJP