9 de febrero de 2014

Nubes de polvo

Trataba de escapar a través de todas las películas. Nunca quería salir del cine. Cuando era niña se quedaba dormida en la sala y al despertar decía que no nos reconocía. Recuerdo que siempre se formaba una gran nube de polvo delante de la pantalla cuando se quedaba encendida sin ninguna imagen. Ella miraba hacia aquella nube y nos iba señalando estrellas que revoloteaban entre las luces como mismo deben revolotear cada noche más allá de donde alcanza nuestra mirada. Hasta que la sala no se quedaba a oscuras no había manera de que se levantara. Luego cogía de la mano a mi madre y salía a la calle como si estuviera viendo siempre una película que no le terminaba de gustar mientras se estaba rodando.
Mi hermana no viene a vernos desde hace años. Soy yo quien cuida de mi madre. Mi padre murió con la pena de no haberla visto después de que acabó la universidad y nos dijo que se iba ampliar estudios al extranjero. Sabemos que está viva porque cada año nos escribe una felicitación navideña que jamás viene con remite. Mi madre se pasa todas las tardes mirando las nubes de polvo que se forman en el resquicio de claridad que entra por la ventana del salón. No le pregunto nunca lo que piensa. Deja su mente en blanco y no hay quien la mueva hasta que anochece. Fue ella la que enseñó a mi hermana a escaparse detrás de todos los sueños. A veces sonríe viendo el revoloteo incesante de las motas de polvo que brillan como estrellas fugaces antes de desaparecer entre las sombras que va oscureciendo el tiempo.

1 comentario:

Olvido Oiva dijo...

A veces es bueno dejarse llevar por los sueños, aunque no podemos olvidarnos de la realidad.