1 de enero de 2009

Los escapados

Mejor haría yéndose a un psiquiatra o unas cuantas semanas de vacaciones a la costa. Él va diciendo por ahí que es por las endorfinas y porque el atletismo mañanero le relaja y le deja como nuevo. A mí, en cambio, me parece que lo que hace es de gilipollas y de pavitonto. Desde las ocho de la mañana, sea lunes o domingo, está corriendo como un loco por todo el Retiro. Yo creo que si corre tanto es sólo para escaparse de sí mismo, y que lo de las endorfinas no es más que un ardid que se ha buscado para justificar esa huida. No está solo, cada vez son más los que se enfundan un chándal y salen a dar carreras alocadas por el Parque. Dan vueltas y vueltas alrededor del Retiro intentando quitarse de encima a ese otro yo que ya no saben cómo diablos dejar atrás. Algunos han pasado del deporte y desde primera hora se meten una raya de coca y se quedan tan anchos, pero éstos son más de la vía sana y deportiva y prefieren luchar cuerpo a cuerpo con ese otro yo que les amarga la vida y que es tan propenso a la mala leche, a las depresiones o a los cambios repentinos de humor y de estado de ánimo.

Los escapados se saludan efusivamente entre vuelta y vuelta, y de vez en cuando se detienen y se cuentan entre jadeos y sudores los detalles de sus últimas carreras o los tiempos registrados en las mismas. La mayoría de ellos no se conocen fuera del chándal y del sudor, y cuando se paran a hablar jamás se detienen del todo: están todo el rato dando saltitos y trotando en un mismo punto, y alguno incluso hasta se pone a hacer abdominales o flexiones en el curso de la conversación. Ninguno tiene aspiraciones competitivas, y ni siquiera suelen apuntarse en esas maratones benéficas que algunos ayuntamientos organizan los domingos para que sus conciudadanos tengan algo en lo que entretenerse ahora que la misa no está de moda y que ya casi no quedan ferias ni procesiones en los pueblos.

Los escapados, cuando terminan de dar las vueltas diarias sobre sí mismos, llegan a casa sudando y se meten sobre la marcha en la ducha para que no se les escape ni una sola de esas endorfinas que liberan mientras corren como posesos por el parque del Retiro. A mí, como ya se ha podido columbrar por lo que les vengo contando, no me caen nada bien los escapados, y estoy todo el rato tratando de adivinar qué diablos harán con sus vidas una vez se quitan el chándal y se las tienen que ver con sus mujeres y sus hijos, o con todos esos avatares que, por muchas endorfinas que se liberen, nos vamos encontrando todos los humanos cuando salimos a la selva.

Aquí en el Parque, cuando pasan corriendo al lado de donde yo me siento cada mañana, parece que se van a comer el mundo, pero fuera es dónde yo los quisiera ver, en el tajo de la vida diaria que poco tiene que ver con el atletismo y con las sustancias químicas que genera el cuerpo mientras suda. Todos estos Zatopek de pacotilla me da a mí que a la hora de la verdad no tienen ni media hostia. Yo, antes de que me prejubilaran y me dejaran con cincuenta años sentado en un banco del Retiro, también corría como ellos en busca de las endorfinas y del cuerpo apolíneo que me permitiera pujar más alto en el mercado de la imagen en el que nos movemos. Ahora, en cambio, me importa un pimiento la tripa, la tristeza y las pocas ganas de vivir que me van quedando. Todo se me está yendo en criticar y en matar las horas antes de llegar a casa como si viniera todavía del trabajo. A media mañana me pego un par de lingotazos en un bareto sucio y lleno de fracasados que hay por Atocha, y cuando me quiero dar cuenta ya estoy medio borracho. Por la tarde, cuando regreso otro rato al Retiro para que se me pase un poco la cogorza antes de meterme en casa, me vuelvo a encontrar a los escapados huyendo de sí mismos entre saltitos y acompasadas zancadas. A veces, sin que se den en cuenta, les pongo gravilla en el asfalto y espero pacientemente a que alguno se caiga o se disloque el tobillo de un mal paso. Es mi manera de vengarme contra este mundo de mierda que no me ha dado más que disgustos. Cuando los veo doloridos me acerco, pero ellos me rechazan asqueados por el aliento aguardentoso que sale de mi boca. Yo me río para mis adentros y me voy más tranquilo para casa. De alguna forma libero endorfinas sabiendo que éstos también caen al suelo y se quejan, y que alguno hasta llora como una maricona pidiendo una ambulancia.

Antes de que me echaran del banco me dijeron los del sindicato que los tres o cuatro ejecutivos que llevaban lo de la regulación de empleo corrían todos los días en el Retiro. Es verdad que ya me siento bien viendo cómo no les queda más remedio que correr para escaparse de todas las maldades que van haciendo por la vida; pero de vez en cuando también necesito ver cómo se revuelcan en el suelo para tranquilizar a mi conciencia: ella, que tiene más mala leche y peor cuajo que yo, lo que me pide todo el santo día es que venga con una escopeta y me ponga a dar tiros a diestro y siniestro hasta que no quede ni un jodido Zatopek en pie en todo el Parque.

1 comentario:

mucho_que_contar dijo...

Y es que la vida es dura...

Y posiblemente, la del perdedor, más aún.

¡Pero qwué bien se queda uno cuando se ha tomado lo que considera justica por su mano!