30 de marzo de 2009

El otro

Nos inmortaliza el recuerdo de los otros. Y no siempre somos los mismos. Es mentira que vivamos sólo una vida. Dependiendo de quien nos rememore vamos cambiando de imagen, de carácter o de mirada. Para unos serás siempre el bebé deseado que lloró en la asepsia de un paritorio. Aquella matrona y aquel ginecólogo que te ayudaron a salir al mundo nunca olvidarán tu gesto de asombro y tu desespero cuando tratabas de saborear la primera bocanada de oxígeno. Tú pudiste ser el protagonista de su primer parto y no lo sabes. Ellos, sin embargo, guardan para siempre la imagen de otro que no se parece nada a ese hombre tan serio, tan mayor y tan circunspecto que sale a la calle tratando de buscar la manera de llegar a fin de mes.

También eres otro en la memoria de tus compañeros de párvulos o de colegio. Para los que no te han vuelto a encontrar en todos estos años seguirás siendo el niño gordito, el que metió el gol en aquella final tan importante entre los alumnos de tercero y de cuarto, el que un día llegó diciendo que había un circo a las puertas de su casa, o el que lloró desesperado cuando la muerte atacó demasiado cerca. Tampoco habrás cambiado en el recuerdo de aquella primera novia que sólo te reconoce como eras durante aquel verano luminoso de los dieciséis años. Da lo mismo que hoy te vuelvas a tropezar con ella por la calle. Ninguno de los dos se reconocerá, y si lo hacen jamás cambiarán aquella imagen por la del hombre canoso y entrado en carnes, o por la de la mujer que anda pendiente de que los niños salgan del colegio para correr con ellos camino del conservatorio. Cada uno preferirá mantenerse a salvo en la memoria luminosa y enamorada del otro.

También te has ido quedando en todas las ciudades que has visitado, en los amigos que han pasado por tu vida y en el reflejo de las aguas que tanto saben de ti y de tus misantropías. Unos te recordarán pusilánime y otros heroico y osado. Alguno mantendrá viva la grotesca imagen de una borrachera adolescente en la que ridiculizaste hasta tu propia sombra, y otro te verá recibiendo sobresalientes en la universidad. Unos creerán que habrás llegado lejos y otros te supondrán varado en algún arrabal del fracaso y de la frustración más descorazonadora. Incluso, cuando mueras, los que ya no te han vuelto a ver seguirán recordándote vivo, como si estuvieras en aquel paritorio, en aquel colegio o en aquel pueblo de verano en el que descubriste el amor. Somos milagrosamente ubicuos y andamos por muchas partes sin movernos de donde estamos. Da lo mismo el tiempo y hasta el azar que a veces nos lleva por los caminos más inverosímiles. Todos nuestros rostros quedan retratados para siempre en la mirada del otro.

1 comentario:

© loki vinodelfin dijo...

El rastro qye vamos dejando en los otros impregna muchas veces parte del sentido de sus vidas. Muchas veces no nos olvidan, y nosotros sin saberlo. Juegas con los otros y eres tú mismo. Y tú, que siempre serás otro, continuas jugando como el primer día. ¿Para cuántos seremos "otros"?

Un abrazo desde el otro lado.