30 de junio de 2009

Huellas

Siempre nos termina salvando la playa. Desde niños, y sin que nadie nos avisara, ya considerábamos al mar un espacio milagrero en el que se acomodaban fácilmente los sueños. Da lo mismo que sea una playa de cascajos, una costa rocosa o una extensión de arena que se pierde más allá de donde alcanza nuestra vista. Lo que vale es el horizonte y el baño que te despabila y te equilibra. No somos los mismos cuando entramos que cuando salimos de las aguas. No me pregunten por qué, pero cualquiera de ustedes sabe de lo que hablo. A lo mejor todo se debe a una sensación térmica, al rumor de las mareas o a los recuerdos de todos los baños anteriores. Muchos de los que puedan estar leyendo esta columna acabarán de salir del agua. Ellos saben mejor que nadie por qué escribo esto. Todavía mantienen la sal que escuece en los recuerdos más necesarios y la bendita sensación de haber dejado atrás todas las preocupaciones. No hay nada que se resista al agua del mar. Todo se moja y se diluye desde que nos zambullimos y nos dejamos llevar por el rumor de los cantos de sirena más oceánicos.

Pero en la orilla de las playas de arena también repasamos siempre nuestra propia metafísica. Cuando caminamos no vemos las huellas que vamos dejando atrás: si no nos damos la vuelta sólo somos capaces de seguir las marcas de los que están paseando delante de nosotros. Cuando nos giramos o volvemos por donde mismo habíamos caminado, casi siempre descubrimos que la marea ha ido borrando nuestros pasos. No dejamos una huella sempiterna por muy fuerte que pisemos. Por eso conviene bajar a la arena muchas veces. Nos vale para saber que por aquí hay que pasar sabiendo que cada paso puede ser el último paso. Siempre vendrá una ola detrás de nosotros que borrará cada una de nuestras pisadas. Y con ello no digo que tengamos que hacernos el harakiri o que montar un gorigori de llantos y desesperaciones. Todo lo contrario; esa sabiduría que nos ha regalado la playa desde niños es la que nos puede volver más vitalistas, menos histéricos y más solidarios. Cuando andamos calzados sobre las aceras creemos que vamos a comernos el mundo. No dejamos huellas, y por tanto no somos capaces de asumir nuestra vulnerabilidad. El mar serena sólo con mirarlo, pero también nos convierte en uno de aquellos pequeños filósofos de lo cotidiano que reivindicaba Azorín. Al final, uno siempre termina dándole la razón a la evidencia de lo más sencillo. Otro hijo del mar valenciano, el poeta Carlos Marzal, escribe en su último libro unos versos que para mí se asemejan a lo que nos enseña a diario el océano: “nada importa, y lo importante es eso”. Supongo que él también vería desde niño lo que hacían las olas con nuestras huellas y con nuestros castillos de arena.

9 comentarios:

Anónimo dijo...

Ecantada con su regreso maestro se le echaba de menos...

josé luis dijo...

Buen regreso. De nuevo a la carga trás el chapuzón cotidiano en la mar salada, que libera de muchos pesos...y nos despierta con nuevos ojos.

Karmen dijo...

A mí, más que la playa, siempre me ha salvado el mar. No podría vivir lejos de él. Feliz regreso :)

Editor dijo...

Para mí sí es una satisfacción volver a entrar en contacto con ustedes. Un fuerte abrazo.

Treinta Abriles dijo...

Bienvenido.

Está claro. Salir del agua es como nacer de nuevo. Eso mismo hicimos en el mismísimo día de nuestro nacimiento. Dejamos las quietas aguas que nos envolvían en el vientre materno, siendo lanzados al exterior, dónde, nos vimos obligados a aprender a caminar y con ello, a dejar huellas.

Editor dijo...

Hola Bea, tienes toda la razón, por eso cada vez que nos bañamos en el mar renacemos. Un abrazo

Dina dijo...

Después de leerlo, hoy más que nunca, me gusta vivir en una isla... rodeada del mar.

Editor dijo...

Nos queda esa consuelo, Dina, no todo iba a ser claustrofobia y lejanía. Un abrazo

© loki vinodelfin dijo...

El mar recoge muchas sensaciones que caen y fluyen a lo largo de los océanos. Y las personas somos los transmisores de lloros y risas que quedarán para siempre en las corrientes.

Un abrazo Santiago.